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Pero más allá de eso, una represente la columna vital de la interioridad y del conocer humano, mientras que la otra, una fachada que trata mimetizarse con la representación del canon de lo real, lo formal, del orden y lo legal.
Y esta mímesis provoque confusiones porque desde ella se diagnostiquen de forma equivocada situaciones y soluciones fuera del canon, según mentalidades más sujetas a lo folclórico a las creencias y a lo consuetudinario, por hallarse en zonas alejadas de las ciudades cosmopolitas, mentalidades arraigas de la tierra y contenidos atávicos, que sospechan de deseos, avaricias, tacañerías como “males” y tratados como tal, muy diferentes a ser entendidos y presentados de la misma forma en esas grandes urbes.
Los contextos guían y mandan sentidos, los cuales, por lo general, no son puestos en tela de juicio, así, si se te dice que debes “ser” exitoso, donde los medios son los fines, te comportas bajo ese teologismo, más allá que la propia interioridad sufra las consecuencias por ese accionar, conflictivo, con choques y tensiones.
Señalamos una interioridad “dañada” por el contexto controversial que ¡exige! resultados, lo cual pone en competencia a los sujetos contra ellos mismos, cuyo valor es solo el ¡éxito! y punto, con esa base, lo inmoral es una posibilidad más que patente y lo moral, no tener registro alguno.
Y vamos a un ejemplo, el de la “ambición” donde -si o si- posea esos signos de inmoralidad, pero, sin embargo, es ambición sea una actitud estimulada para ser tal.
Ahora, lo que estas detrás, en el trasfondo de toda ambición como estructura, es la codicia, usted piensa, bueno, el medio exige éxito por el cual la ambición, es un “normal” intento por sobrevivir, y eso es perfecto, pero ¿cómo hace usted para darse cuenta que en el fondo puede ser un codicioso?, lo cual significa -lidiar- uno contra otros, algo “normal” en la competitividad hacia el éxito. Pero hay un señor supremo en el fondo de todo eso naturalizado y endiosado como tal: el ego, la fuente de toda la instancia insalubre de la interioridad humana se encuentra centrada ahí, el ego y su consecuencia esencial, ¡egoísmo!, que hace girar todo lo que existe en función del éxito y nada más que el éxito.
Entonces, pongamos la dualidad señala en el comienzo con la ambición y contextualizarla, así, desde el paganismo la ambición es una fuerza positiva pero según el cristianismo, es algo pecaminoso por su carácter excesivo, con la pseudo ciencia toparnos con una energía, una "vibración" o un destino predeterminado y manipulable para obtener resultados rápidos y garantizados, mientras, que en la ciencia se trate de un motor de comportamiento con distintas facetas, (bah, ¡no dice nada!), la superstición considera que es invitar a un castigo cósmico o kármico, mientras, lo espiritual, trata no alimentar ese ego y proponer algo superior como altruismo, y con la ley, ella castigue su hacer “daño” para obtener más y según la moral, es un defecto, cuando la ambición se convierte en un fin y justifica medios inmorales.
Entonces, ¿qué tenemos?, por un lado, fuerza y por el otro, pecado, después, energías y relatividades, aquí karma versus altruismo y por último, dolo y defecto, pero la pregunta sea, ¿cómo gana espacio aquello que -no es- canon?, quizás porque las interpretaciones, curas y soluciones ¡fallan!, lo cierto es que algo no falla, la ambición presente en el corazón del hombre, entonces, hay que ir allí, pero todo se relativiza porque hay “muchos” senderos hacia ese corazón, lo que nos dice que ¡nadie! ha llegado ahí, al núcleo de lo que somos.
Juan Oviedo
SiGesellnoticias