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¿Resultado?, ningún bando logra nada, uno no puedo impedir el manifestar y otro, el efecto del movilizar no surtir efecto, ¡fracaso de las dos partes!
Pero esto no es nuevo, sino que viene ocurriendo asiduamente, el movilizar pidiendo algo sin lograr su cometido, entonces, el reprimir para disciplinar y su mensaje: no volver a salir a la calle.
Hechos encastrados entre si como si se necesitasen unos y otros.
Podemos señalar algo impensado, que ambas actuaciones por fracasar rompan con la utilidad y su ideología de fondo: éxito, algo dominante en el mundo de la política, negocios, formaciones, estructuras por deberse al triunfo.
Los inútiles manifestantes y los inútiles represores concentran sus actividades en el panteón despreciable de lo gratuito, porque no posean réditos algunos por sus inutilidades y fracasos.
Entonces, si sacamos la idea dominante de lo útil, ¿cómo se justifican presencias y acciones en la relación simultánea de marchas y represores?, ambas en la credulidad de su hacer. Uno, lograr cambios en donde no cortan ni pinchan, dos, la ciega ostentación de la fuerza, el hambre y las ganas de comer.
Pero antes de credibilidad alguna, estas manifestaciones son estratégicas por buscan presionar a través de gritos, pancartas; bullicio, coerción en las decisiones a tomar, por ello los medios los muestran vulnerables, débiles y generen lástima, pero el posible reclamo legítimo y la crueldad instalada se desdibujen por sus propias ineficiencias con un espectáculo tornado demagogia para unos, otros y terceros.
Simulacro y simulación o el hacer bien lo inútil.
Juan Oviedo
SiGesellnoticias