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Posicionar el universo propio en el pueblo, no implica ajustarse a él y menos que menos, ser funcional como son los políticos, sus comerciantes y artesanos, sus docentes y profesionales, se trata de una mirada tras nuevos horizontes, tal como lo supo plasmar Richard Bach en “Juan Salvador Gaviota”, los cielos y las alas, no solo están para buscar comida sino para algo más, ese algo más es la creación del propio universo.
Y quien no entienda que el pueblo -no es- parte de algo -distópico- sino que ya lo “es”, estará preso de ello y ajustarse a su contexto para sobrevivir e implique que sueños, destinos, horizontes, cielos, alas y cuantas cosas más, formarán parte de la distopía reinante.
Entonces, la pregunta, ¿y cómo crearlo?, no hay ¡cómo crearlo! ni tampoco es una invención, no es causalidad sino emergencia, significa no estar ajustado, satisfecho, contento o de acuerdo ni resignado con lo que el pueblo te ofrece, y más el pensar ¡suceda! Y ¿cuál es el medio correcto para que ese universo personal pueda propagarse?, y sin lugar a dudas es el de la cultura, pero claro precisemos, no es la visual, ni la auditiva ni la literaria sino del pensar ruptural, en términos de letra que no “entretiene”. El pueblo es afecto a la herencia facilista e ignorante de decir, declamar, que cualquier pincelada es obra de arte, cualquier estridencia es música, cualquier cacofonía es canción, cualquier dolor privado y publicado es poesía, el voluntarismo reemplazando al aprendizaje, las ganas a la disciplina y el momento a la continuidad.
La cultura es entretenimiento y el pueblo se llena de eventos de murgas, desfiles, fiestas callejeras, percusiones, bandas, todos bajo el facilismo posicionado de “ser” algo por “hacer” algo que la distopía manda.
Primero, ¿qué posibilidad tiene de hacer público ese escritor a su universo?, ¡ninguna!, segundo, ¿que sea entendido?, ¡menos que menos!, pero tiene solo -una- oportunidad, que gente de afuera lo pondere, hable de él, que sea un éxito fuera del pueblo, entonces, los oportunistas que buscan encaramarse por reconocer lo que otros reconocen, lo premien, hablen de él, sea presentado en TV, radio, prensa, y denominarlo -ciudadano ilustre-. Piense, ¿cuántos ciudadanos ilustres fueron nombrados en el pueblo? y lo más importante, ¿se mantienen sus legados por el cual fueron llamados ciudadanos ilustres?
El legado que es universo -no funcional-, que no lame botas, no se arrodilla, que no es gentilicio no es corruptible y como diría Taylor en “El planeta de los Simios” "¡Quita tus sucias patas de encima, mono asqueroso!".
Juan Oviedo
SiGesellnoticias